Una lección de terror con Stephen King

Como los monstruos de la gran mayoría de las películas de terror contemporáneas, Stephen King ha regresado para aleccionarnos, en esta nueva adaptación de su novela “Cementerio de animales”, sobre el porqué de la importancia de, al enterrar a nuestros perros, gatos y otros animales de compañía, elegir un cementerio que no haya sido usado previamente por aborígenes americanos.

No incurrimos en ningún spoiler si apostamos porque, al igual que la versión de hace dos décadas, la nueva cinta recurra a lo que desde hace mucho es usual dentro del género de películas de terror: luego de vencer al mal encarnado en turno, aprovechar los últimos segundos para mostrarnos que el monstruo está vivo y listo para atacarnos de nuevo en cuanto nos descuidemos o cuando haya éxito y dinero suficientes para garantizar la secuela.

Sin embargo, esto no siempre fue así, y hay quien todavía recuerda los viejos tiempos en que el bien triunfaba sobre el mal en las películas de terror, pero todo esto empezó a cambiar en los años setenta por culpa de los niños maldecidos como en “El bebé de Rosemary” y “El Exorcista”.

El éxito de todas estas películas abrió las puertas del infierno de los finales en los que el diablo y sus congéneres y los guionistas decidían no ser exterminados ni quedarse muertos, ya no hasta después de los créditos, como nos ha acostumbrado el género de superhéroes, sino al menos hasta que aparecieran las primeras líneas de estos.

“Mi nombre es Legión, pues somos muchos…”, y no exageraba, pues entre los muchos están Annabelle, Jason, Freddy, Chucky, Demian, Leatherface, Pennywise y los que, en el futuro, sobrevivan a la semana de estreno en las salas de cine en las que se exhiben.

Las psicólogas Cynthia M. King y Nora Hourani decidieron investigar si la práctica suplantación de los finales tradicionales y felices —en los que el monstruo es destruido de una vez y para siempre— por no-finales —en los que cuando nos levantamos del asiento la criatura aún seguía ahí, en la pantalla— se debe a que los fanáticos del cine de terror prefieren estos últimos.

Para averiguarlo, proyectaron a 229 estudiantes universitarios las horrorosas películas “Cementerio maldito” (la versión de 1989), “Candyman”, “La tienda” (“Needful Things”, basada en una novela de Stephen King) y “Leprechaun”.

Las cuatro cintas citadas tienen una escena final —pero sólo en apariencia— en la que el mal es destruido y tras la cual se nos revela, en el auténtico final abierto, que, en realidad, el mal sobrevivió o resucitó y que tendremos que esperar a la secuela para ver qué pasa después (tampoco es que, en el caso del mal, aparte de seguir haciendo el ídem, tenga muchas opciones).

Como los antiguos censores de películas, King y Hourani cortaron la escena final de Cementerio maldito, y de los otros tres filmes exhibidos para así crear unas versiones nuevas que daban la impresión de que el bien triunfaba sobre el mal de manera inequívoca y definitiva. Aunque hay diferentes teorías que permiten especular sobre las posibles razones por las que diferentes personas disfrutan viendo películas de terror y, en particular, sobre los motivos de que prefieran para ellas un final tradicional (el bien triunfa sobre el mal) o un final abierto (el mal nunca muere, o al menos no en esta película), la mayoría apunta a que el público efectivamente prefiere los finales que son tradicionales.

Desde lo que un psicólogo llamaría una perspectiva disposicional, nos gustan las películas —sean de terror o de otro género— en las que a los buenos les va bien y a los malos les va mal. Esto sin importar que, en algunas ocasiones y como en algunas telenovelas, a los buenos les vaya mal más del 90% del tiempo.

Siempre y cuando cumplan con que, al final, el antagonista es destruido, los espectadores quedamos con ello satisfechos.

Por otra parte y de acuerdo con la teoría de la transferencia de excitación, cuando el protagonista de una película está en peligro o riesgo, esto nos aflige y nos excita (fisiológica y emocionalmente hablando).

Una vez que vence al monstruo y está a salvo, nuestra aflicción se disipa, pero la excitación fisiológica permanece, de manera que la influencia positiva creada en nosotros por su triunfo se intensifica por la aflicción residual que nos provocaron sus penurias.

Entre mayores sean los peligros que el protagonista enfrenta, mayor será nuestra satisfacción cuando todo acaba bien.

Como no a todos aquellos a quienes les gustan las películas de terror éstas les gustan por las mismas razones, Deirdre D. Johnston identificó, de manera general, a dos tipos distintos: los buscadores de emociones y los buscadores de gore.

Los primeros disfrutan al ser asustados y tienen gran empatía por los protagonistas; los segundos disfrutan al ver escenas de sangre, muerte y destrucción y tienen baja empatía por los protagonistas, por lo que es posible que disfruten más con finales en los que el monstruo sobrevive.

Todo esto, en teoría, suena muy bien, pero aún faltaba ponerlo a prueba: los resultados del experimento de King y Hourani confirmaron que, de manera general y sin importar si eran buscadores de emociones o de gore (esto último, contrario a lo esperado), los participantes prefirieron las versiones con finales tradicionales, en los que el mal es exterminado.

Irónicamente, como los que eran finales no tradicionales son ahora los finales tradicionales, ya no nos asusta ni sorprende saber que una película tendrá varias parte y hasta podrá formar parte de un Monstruoverso como el de “El Conjuro”, sin importar que estos no-finales nos resulten menos satisfactorios. El Universal / Yucatan.com.mx